Había nacido con el supremo don de la alegría y con el convencimiento de que el mundo estaba loco. Esta es la frase inicial de Scaramouche, de Rafael Sabatini, y creo que no sería capaz de decir nada más acerca de mí que fuera capaz de describirme mejor de lo que lo hace esta sabia sentencia. Soy lo bastante joven -y viejo- como para tener un universo por aprender, y lo bastante viejo -y joven- como para poder atarme los zapatos sin ayuda de nadie.
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